San Miguel de Tucumán, Agosto de 2009
Al enemigo se lo persigue, se lo busca, se lo caza… se va por él para neutralizarlo y para eliminarlo:
-¡Alerta! ¡Allí están!, ¡los encontramos!... Puta… Trolo… Merquero… Drogadicto… Pibechorro… Negro de mierda… Delincuente… lacra… analfabeto… vago… sucio… hediondo…
-No me importa tu vida… no me importa tu olor… no me importa tu dolor… no te necesito para nada… lo único que te pido es que te hagás HUMO… desaparecé… tomátelas… y llevate esa balsa de mierda… no quiero ni tu pena, ni tu desamparo que hiela los huesos en mi mundo de normales. Sos mi enemigo.
-No tengo nada contra ellos, hasta tengo un familiar que se parece a ellos… pero ellos son diferentes, ellos no son como nosotros… ellos son OTROS.
Los enemigos se nos enredan con su amalgama de olores, texturas, sabores, sonidos y nos sacan en su búsqueda, inquietan el alma y llenan de preguntas sobre su andar de náufragos en balsas, para comprender hacia que playa navegar, donde encontrar un oasis que se nos abra como un lugar habitable y amigable.
El enemigo nos desnuda reconociéndonos en medio de la vacuidad de nuestro propio desamparo.
El enemigo nos mira y se impone como Víctor… allí está Peluchín, con sus ojos achinados, mirando con chispa, como quien me advierte que tanta historia desabrigada no es posible aún verla con la plenitud de los párpados en vuelo. Víctor nos habla de sus sueños y ganas de atarse aunque sea a la pequeña hilacha de Vida que le queda y entre sus ojos de cuchillada en tarro es capaz de proponernos la aventura de partir en esa balsa donde sea posible ser reconocido como amigo.
Y soñamos junto a Peluchín descubriendo su potencial de educador cada vez que despierta en nosotros y nosotras el Deseo… el combustible de la resistencia cotidiana, para que los otros y las otras, hasta ahora enemigos en los números de las estadísticas del sistema o en la letra del discurso del político certero. Del mismo que declama e instala el no lugar para los enemigos por acción u omisión, el mismo que se niega a reconocerlos como personas y se empeña en proponernos seguir pariendo hijos en balsas que van rumbo a la gran batalla naval… rumbo a la guerra que en la crónica cotidiana de las páginas policiales podemos anticipar cuales van a ser las bajas… tal vez una batalla con la quimera donde les sea posible sostener su sueño de mierda… su sueño de un mundo sin enemigos.
Mientras tanto… mientras este invierno de guerra nos siga calando el cuerpo… y las tripas, entre apretar de dientes, Peluchín sigue abrigándonos el alma, tal vez porque descubrimos y degustamos que en la cercanía que imponen las pequeñas balsas, los cuerpos, las miradas, los deseos se amalgaman haciendo calor… hasta que salga el sol.
Asociación Civil Crecer Juntos – www.crecerjuntos.org.ar