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DEPORTES | TEMEN QUE LA PROVINCIA SIGA QUITÁNDOLES TERRENOS Cada sábado, el encuentro barrial de fútbol de Campo Norte convoca a cerca de mil personas. Empezó en 1982 con seis canchas y denominándose “Liga Comercial”. Todavía mantiene el nombre aunque los protagonistas pertenecen principalmente a barrios de la zona. Participan 52 equipos divididos en dos zonas. El compañerismo y una forma de sociabilización que a veces termina a los golpes.
La entrada es ahora por una avenida pavimentada que corta dos espacios verdes de grandes dimensiones. A un lado, canchas de fútbol. Al otro, un par de edificios abandonados y algunas casas. Allí donde la pelota transita de pie a pie se ve gente. Mucha. Algunos jugando al fútbol y a otros haciendo de técnicos, dirigiendo con gritos los pasos de los jugadores. Tampoco faltan los que están al lado de las canchas, escuchando algún viejo o nuevo CD de la Mona Jiménez y tomando una “birra” al lado de la parrilla donde los choris largan un delicioso olor que hace olvidar que el almuerzo fue hace un par de horas. El lugar de los hechos es Campo Norte, un predio ubicado en Viamonte, entre Castelli, Italia y Ecuador. Allí, desde hace 26 años, se juega la Liga Comercial. Un campeonato de fútbol que nadie recuerda cómo se inició, salvo vagos detalles. “Antes había 6 canchas y jugaban pocos equipos. También venía más gente. En algún momento, entre jugadores y vecinos que venían a ver los partidos, se juntaban cuatro mil personas. Ahora, sólo vienen mil. Por la inseguridad, me parece”, cuenta Carlos Reynoso, jugador de Arroyito, el único de los equipos que actualmente participan de la Liga que comenzó su incursión en 1982. El campeonato empezó dirigido a empleados de comercios. Luego, se fue transformando en otra cosa distinta y es actualmente una auténtica liga barrial. Ahora hay nueve canchas, juegan 52 equipos separados en dos zonas y el premio principal es un juego completo de camisetas, pantalones cortos y medias. La inscripción sale $130 por equipo y dura todo el año, aunque dividido en dos etapas. “Se elige una comisión organizadora que se encarga de cobrar la inscripción, llevar las planillas, hacer el fixture. Además, se encarga de mantener las canchas, cortar el césped. Transformamos un lugar lleno de matorrales en canchas, sin la ayuda de la municipalidad”, comenta Carlos Denett, presidente de la Liga, al tiempo que agrega que “nadie nos ayuda. Por ahí, vienen una vez al año algunos políticos y quieren aprovechar esto”. La mayoría de los clubes barriales cobran cuotas y dejaron de ser sentidos como propios por los vecinos. Por eso, la apropiación de un espacio público como propio cobra mayor relevancia. Transitando por el predio se pueden ver unos seis policías. “Están para cuidar al árbitro. Año atrás no eran necesarios, pero los tiempos cambiaron. Nosotros también pagamos la seguridad”, recalca el presidente. El año pasado la municipalidad inició una serie de obras que incluyeron la apertura de la calle Bolivia, por lo que algunas canchas desaparecieron y se debieron “construir” un par nuevas. “Hay rumores de que van a abrir más calles, pero no sabemos. Esperamos que mantengan el lugar para que podamos seguir jugando”, suplica Denett.
Toco y me voy La vista va recorriendo cada una de las canchas. Ciertos parámetros se repiten. Las puteadas entre los compañeros, la pelota que pica mal por el terreno desparejo y las camisetas bien transpiradas que forman una aureola en el medio del pecho. “La gente se descarga jugando al fútbol. Venimos de trabajar toda la semana y nos queremos distraer, divertirnos. Es una forma sana de pasar el tiempo”, dice Carlos Ponce, también jugador del ya mítico Arroyito. Los árbitros son una pieza fundamental del torneo. Primer objetivo de los insultos y de los posibles golpes, deben buscar la forma de hacerse respetar. “Hace 13 años que dirijo. En general, los primeros partidos son los más complicados, hasta que te conocen. Igual, pasé algunas situaciones complicadas y he recibido unas pocas piñas”, comenta como al pasar Amarillo mientras saluda a algunos jugadores. En la liga participan equipos de diferentes barrios. Villa Luján, Aguas Corrientes, Trulalá, la Bombilla, Echeverría, Kennedy. Por eso el campeonato pertenece a obreros y desocupados que buscan en el fútbol un suspiro dentro de días complicados donde llevar el pan a la mesa suele ser la principal preocupación. “Nosotros formamos el equipo entre los amigos del barrio. Nos puteamos, pero después se pasa. ¡Hermano, si no te calentás jugando al fútbol, no te corre sangre por las venas!”, exclaman los jugadores de Arroyito. Cuentan que hay rivalidades barriales. Un clásico es cuando se enfrentan los equipos de la Bombilla y del Trulalá. Ahí, cada uno suele llevar su hinchada y los partidos rozan la guerra. Entre los vecinos que rodean Campo Norte también hay pica. Erregue, Central y Arroyito (que tiene en su haber cinco títulos consecutivos) es el trío local, en el que ganar se transforma en una cuestión de orgullo nacional. “Los partidos no son tranquilos. Por ahí se arman algunas peleas entre los equipos, pero la policía no se mete, porque sólo está para cuidar a los árbitros”, relata un hombre mientras observa un partido. Algunas glorias pasaron por la liga Comercial. Ramiro Silva, el nueve que jugó en Atlético Tucumán, participó del campeonato. También el negro Ángel Guerrero, ex técnico de La Florida, entre los más destacados. La tarde se va encendiendo. Los jugadores de Arroyito abandonan la charla y empiezan a precalentar. Como cada sábado desde hace 26 años, les toca jugar. Se ríen, se abrazan y se preparan para unos 90 minutos de sudor, barro y puteadas.
CONTRAPUNTO | Prensa Alternativa
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